sábado, 8 de octubre de 2011

El Yaguá. Capítulo II





En medio de la selva y lo más a prisa que sus piernas se movían, que no corriendo, desde un lugar sin nombre y del que el mundo de ese momento no sabía nada, Andrés Navarrete avanzaba con la confianza en lo único que le acompañaba. El Diablo.

El pacto que hacía horas había vivido entre sueños se preocupó de que por el momento y aun sin ninguna fuerza, cada paso hacia el oeste, supiera a salvación.

El agujero no era profundo, pero la infección en ese punto estaba cerca de partir su cuerpo en dos. El interior de la boca se hidrataba en su propia sangre. La sangre que producía en sus cortes la aridez de un paladar que no conocía el sinsabor del agua.

Lo más fácil en ese momento habría sido rendirse. Dejarse caer en medio de la selva y no sentir nada. La fiebre superaba todas las conocidas y solo la controlaba el ejercito de larvas que devoraban a contrarreloj  el tejido putrefacto.

Eran treinta kilometros en linea recta y aunque la orientación en estado normal no era un problema, todo se había complicado demasiado. Había salido ganando en el trato, pues la vida en ese punto del mundo no valía nada y menos cuando la lógica decía que solo quedaban los últimos suspiros.

Allí estaba sin saber cuando había salido, ni los días que había estado inconsciente. El último recuerdo fue la visión de lo más profundo del alma de un niño a través de sus ojos abiertos por última vez, justo después de haber mirado al cielo azul y preguntar porqué, a alguien en el que no creía.

- ! No te preocupes¡
Hoy hemos jugado y hemos perdido. Mañana volveremos a jugar y ganaremos.
Duerme ahora.


No había sido un cruce de fuego habitual propio de cualquier encontronazo en ningún sitio. La casualidad de una bala perdida en un inexistente momento de un calibre que así y allí no tenía más sentido.

Despertar en pocos minutos y encontrarse solo en esa polana donde podrías descubrir las orquídeas mas impresionantes del mundo fue todo en uno. Allí seguía entrelazado al cuerpo muerto de aquel enano y solo abundaba algo mas que la sangre. Las lágrimas. El hijo de puta todavía se estaba riendo con los ojos abiertos. Murió dentro de lo que le había hecho creer. Un juego.

Poco a poco iban llegando los recuerdos. El niño ya no estaba y las sensaciones se mezclaban con profundos sueños que marcaban la realidad del momento. El Diablo había estado allí. Había llegado y habló sin palabras durante mucho tiempo. Repasamos juntos una vida y se produjo el trueque.

Hospital Universitario del Valle. Cali.





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