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miércoles, 12 de junio de 2013

Chochito de oro



Xaquín Charlín González es uno de tantos prepotentes, machistas y sinvergüenzas que pueblan este país. ¿Cómo es posible que este tipejo ocupe un puesto de responsabilidad?

La capacidad de ser sociable con los demás es lo que, al menos de forma coloquial, nos hace denominarnos personas. Hoy, y después de una más con la que nos devuelven el voto desde la clase política, creo que este concepto habría que tratarlo desde un punto de vista más individualizado.

Quiero posicionarme como alguien que forma parte de una sociedad que sufre a diario las paridas y marranadas de estos delincuentes de tres al cuarto. Siento que estamos rodeados de machistas y depravados personajes sin rigor ni dignidad personal. La clase política se deteriora por momentos, y la sociedad sigue permitiendo desde el respaldo electoral que profesionales de la estafa económica y moral sigan decidiendo su futuro.

Es criticable el gasto sin control. Sin embargo, más que criticable sería denunciable que ese gasto del que nos hacemos cargo todos los españoles hubiera sido hecho de manera ilegal o sin un exquisito rigor.

Sostengo que Soraya Sainz de Santamaría manda en el Partido Popular. Es mala gestora. Su ideario político no sacará a este país de la crisis. Pero hoy, quiero ser el primero que la defienda de impotentes e indigentes emocionales como Xaquín Charlín González. 

Hoy en día, España dispone de un famoso más. Se llama Xaquín Charlín González e imagino que dentro de poco se paseará al lado de la de Los Yébenes enseñándonos su polla de plata. Pero lo más triste de todo es que no se habla de los ocho millones gastados en editar a vetustos y antidemocráticos sabios pasados de moda o de los dieciséis que nos cuesta la prensa diaria en el congreso. En cambio, estamos detrás de una polla de hojalata que dentro de poco saldrá en alguna enriquecedora tertulia esperando encandilar a las mozas de ochenta.


 

martes, 28 de mayo de 2013

Dos mundos. Sófocles I



Ser es defenderse. El primer mecanismo humano para hacerlo es el enfado. Éste, como primario argumento a una actitud defensiva, solo implica en el individuo una cosa: miedo.

Existen dos mundos. El primero es el mundo de los adultos. Somos adultos cuando después de haber cumplido unos cuantos años, alcanzamos una posición social provista de estados de conciencia que nos convierten en personas serenas y justas  por denominación. Por todo ello es lógico suponer que ser adulto es sinónimo de haber alcanzado la madurez.


El adulto es la ley y asimismo el juez que la aplica. En raras ocasiones se equivoca y, cuando eso sucede, encuentra al error una justificación que le convierte en cátedra de la que emana conocimiento.
Entre derechos y responsabilidades, un adulto se hace antes en términos legales que biológicos. 

Podemos ser adultos a los catorce dependiendo del lugar donde vivamos y eso contrasta con los veinticinco años que podríamos perfectamente necesitar para ser consecuentes con nuestros actos por norma general.

Del mismo modo, adquiere su punto álgido cuando ostenta un cargo de responsabilidad. En su condición de ser maduro, manipula, provoca y altera los estados de conciencia de los entes que forman el otro mundo, llegando en demasiadas ocasiones a ser injusto con ellos.

Allí, en ese segundo mundo, se encuentran los niños. Ser niño significa estar sometido al capricho de los adultos y, en ocasiones, solo poseer la libertad de demostrar miedo ante la incapacidad real del mundo contrario del que muchos formáis  parte.

El mundo de los adultos es un espacio, en ocasiones, demasiado paralelo y escasamente confluente con el de los niños.

Porque para el que tiene miedo, todo son ruidos.