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martes, 28 de mayo de 2013

Dos mundos. Sófocles I



Ser es defenderse. El primer mecanismo humano para hacerlo es el enfado. Éste, como primario argumento a una actitud defensiva, solo implica en el individuo una cosa: miedo.

Existen dos mundos. El primero es el mundo de los adultos. Somos adultos cuando después de haber cumplido unos cuantos años, alcanzamos una posición social provista de estados de conciencia que nos convierten en personas serenas y justas  por denominación. Por todo ello es lógico suponer que ser adulto es sinónimo de haber alcanzado la madurez.


El adulto es la ley y asimismo el juez que la aplica. En raras ocasiones se equivoca y, cuando eso sucede, encuentra al error una justificación que le convierte en cátedra de la que emana conocimiento.
Entre derechos y responsabilidades, un adulto se hace antes en términos legales que biológicos. 

Podemos ser adultos a los catorce dependiendo del lugar donde vivamos y eso contrasta con los veinticinco años que podríamos perfectamente necesitar para ser consecuentes con nuestros actos por norma general.

Del mismo modo, adquiere su punto álgido cuando ostenta un cargo de responsabilidad. En su condición de ser maduro, manipula, provoca y altera los estados de conciencia de los entes que forman el otro mundo, llegando en demasiadas ocasiones a ser injusto con ellos.

Allí, en ese segundo mundo, se encuentran los niños. Ser niño significa estar sometido al capricho de los adultos y, en ocasiones, solo poseer la libertad de demostrar miedo ante la incapacidad real del mundo contrario del que muchos formáis  parte.

El mundo de los adultos es un espacio, en ocasiones, demasiado paralelo y escasamente confluente con el de los niños.

Porque para el que tiene miedo, todo son ruidos.